domingo, 22 de septiembre de 2013

Los memoriosos

Somos memoria, o somos la suma de nuestras memorias, y además tenemos que trascender las memorias. Y dicen que cuando nos vamos lo que se va son las memorias, el resumen de recuerdos de hechos vividos. En esto estaba pensando cuando conocí a los memoriosos. Eran gente como nosotros, vivían en nuestro barrio, pero a cada paso recordaban de memoria un hecho y por eso eran respetados. Corrijo, solamente por eso eran respetados ¿Después de  todo, en esta ciudad, que es el respeto? un esfuerzo vano e imposible. Lo sabían los que mucho lo habían buscado, en esta ciudad, el respeto, era un deambular en una histeria autosatisfecha. No pasó en ninguna otra nunca, y eso no lo eleva al nivel de respetable,  pero acá en cada puerta alguien te espera para no respetarte, no está ganado el respeto de nadie, seres inconformistas portadores de una patología social que celebran extrañamente o callan sospechosamente. Buscar el respeto es tirarse por la espalda un montón de esfuerzo  vano, impensable. Los que lo han buscado lo saben es perder el tiempo. Más vale ignorar a todos y atravesar la ciudad como si uno fuera un extranjero. La extranjerización de lo propio es un dolor pero un alivio, y cuando algo es un dolor y un alivio a la vez, hemos llegado tan lejos que hay que partir a lugares más simples, vivir es entregarse a lo simple.
Pero ahí estaban, los memoriosos, respetados en un lugar sin respeto, solo cuando hacían memoria. Pero solo hasta ese límite, una vez salidos de él subestimados hasta lugares lejanos. Por eso los memoriosos estaban obligados no cruzar ese límite nunca
Ahí estaban.  Seres obligados a no salir de su círculo de éxito. Cuando uno  escuchaba: “Goyén, Villaverde, Trossero, Clausen y Enrique” sabía que se había encontrado con un memorioso “Bochini, Marangoni, Burruchaga, Giusti” Te seguía dando la alienación de Independiente del 83 por ejemplo, como si fuera una radio, o un túnel del tiempo. Muchos han pensado que los memoriosos del barrio eran en realidad túneles del tiempo que uno se cruzaba. Después de todo, nadie sabía cómo era un túnel del tiempo, un agujero de gusano o una maquina temporal. Y pensar que podía ser un ser vivo que simplemente ya con hablar te ponía en el pasado, era una fantasía común en los días donde los memoriosos funcionaban. Porque los memoriosos, como las radios, necesitan funcionar principalmente, para el respeto momentáneo que te da la tranquilidad de la no búsqueda ya de algo. Porque en realidad el que buscaba el respeto buscaba la paz de no buscarlo, de liberarse de esa desviación del sentido de las cosas.
Lo difícil para los memoriosos y su pequeño reinado simbólico de tres, cuatro minutos, es que habitaban una sociedad que necesitaba la superioridad del momento anterior en el momento superior. O sea, un impacto simbólico mayor cada vez.  En una sociedad sensacionalista para ser más exactos. Así que necesitaban recordar más cosas del mismo hecho para mantener el auditorio y el respeto. Que el auditorio era, ojo. Pocha, le señora que barría en la esquina. Ramón el almacenero, yo, que a las cuatro de la tarde no sabía ni para qué estaba viviendo y Francisco, el perro del barrio, que en otra época anterior, o en esta misma, había sido un tipo decían, porque gozaba de un entendimiento que no le dábamos a los que vivían en el barrio del al lado, ni a los memoriosos mismos, seres sin barrio, de una entidad regional principalmente.  No era el círculo de escritores de Viena, o Borges con Bioy Casares, con Lugones que se había enganchado a último momento. Así que el tipo te decía: “Goyén, que ese día estaba más pálido. Villaverde, recién separado, Trossero, de pésimo humor esa tarde que se traducía en sus roscasos. Y el negro Clausen, ese día, peinado a la gomina”  Y así la zafaba. Claro, tenía que cruzarnos al otro día, y con eso no alcanzaba, podía perder por ejemplo al más importante del auditorio, Francisco, y su respeto. Así que ya al otro día era: “Goyén, que ese día estaba más pálido, había ido tres veces al baño, la cuarta se había tropezado en el camino. Villaverde, contrariado, parece que a la esposa de un amigo la acomodaba el nueve suplente, que era farmacéutico en su pueblo. Trossero, de pésimo humor, supuestamente por el problema de Villaverde, y vaya a saber que más le pasaba, Trossero era un ser misterioso” Y ahí ya empezaba a correr riesgo el memorioso de volverse un simple y vulgar chusma de barrio. Otro género muy respetado en la ciudad por identificación más que nada. Pero el  memorioso tenía el honor de ser considerado un formato histórico, eran historiadores orales y cotidianos. Imágenes sonoras de nosotros  (Ahí pueden entenderse también su respeto) Al otro día nos cruzaba y nos decía: “Goyén, un poco más pálido, que ese día había ido tres o cuatro veces al baño, y estaba pensando en la quinta me voy por el inodoro. Villaverde recién contrariado, (parece que la esposa de un amigo lo acomodaba con el nueve suplente) que estaba perdido en meditaciones metafísicas sobre la entidad de la ausencia de pensamientos. Y le preguntaba a Clausen: Che ¿Cuándo no hay pensamientos, no hay nada?  Y Trossero, de pésimo humor, supuestamente por el problema de Villaverde, que en ese momento repetía mentalmente la lista del mercado. Papas, seis kilos, de las blancas. Un zapallito, verde, huevos, de los grandes, once. Preguntar si hay esparrago. Y cada vez que un delantero lo hacía olvidarla le daba un roscaso”

En nuestro barrio respetábamos a los memoriosos, por elegirse, más que por sus logros

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