miércoles, 21 de julio de 2010

Plantar un hijo, escribir un árbol, tener un libro

Hay una frase que dice que antes de morir tenés que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Como está hoy la cultura y la forestación la frase se podría traducir a plantar un monte, escribir doscientos libros, tener un hijo, en Suiza.
Si escribimos un libro hoy puede ser de la farándula o de autoayuda. Y si somos menos ambiciosos y no escribimos sino que leemos un libro, que puede ser por ejemplo, la biografía no autorizada de Ricardo Fort, aunque la haya autorizado, un libro de poemas de Belén Francese, o una conferencia sobre el éxito desgravada de Carlos Bianchi; si venimos medio mal, terminamos al horno con fritas, y servidos ya listos a la mesa. Si nos faltan unas vueltas de horno, nos incendiamos.
Plantar un árbol también es difícil, si plantamos un árbol lo pueden desmontar los sojeros, destruir la sequía o hacer Clarín del domingo la industria del papel. Por eso, como terapia (algunos lo consideran una terapia) si nos faltan tres para el peso y plantamos un árbol, nos puede agarrar la devaluación de Duhalde, y lo podemos escuchar que dice en nuestra cabeza “Los que le falten tres para el peso en la cabeza y hayan depositado dólares, les vamos a devolver dólares” Y nos podemos quedar esperando los dólares.

Un golpe de estado

En una técnica oriental se cuidan plantas para aprender a considerar otro ser, y hacer una terapia personal.
Si los árboles que cuidamos representan el estado de las personas, y los bosques el de las sociedades, mirás un bosque argentino y pensás que el estado que representa golpe de estado.
En estas condiciones no podríamos plantar un árbol, menos escribir un libro, y menos aún menos tener. Si lo que podríamos hacer con nuestro estado actual es plantar un hijo, escribir un árbol, tener un libro, sobre todo un libro de Ricardo Fort, Belén Francese, o del mismo Fukuyama.

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